El almacenamiento por gravedad es una de las ideas más realistas dentro de las “baterías mecánicas” a escala comercial: se usa electricidad sobrante para elevar una masa y, después, se recupera energía al dejarla descender a través de un generador. En 2026, esta solución suele encajar entre las baterías de respuesta rápida y la hidroeléctrica de bombeo, que depende mucho del relieve. Su atractivo es directo: vida útil larga, degradación mínima por ciclos y materiales que, en algunos diseños, pueden evitar ciertas tensiones de la cadena de suministro típicas de algunas químicas de baterías. La parte exigente también es clara: hace falta un emplazamiento adecuado, ingeniería civil y mecánica robusta, y un modelo de ingresos que valore el desplazamiento de varias horas y los servicios al sistema eléctrico.
En 2026, las redes eléctricas gestionan una mayor cuota de generación variable (sobre todo eólica y solar), y eso suele crear dos problemas recurrentes: desequilibrios intradiarios (trasladar energía del mediodía a la noche) y rampas rápidas cuando cambia el tiempo. El almacenamiento por gravedad puede abordar estos huecos operativos aportando varias horas de descarga, con la capacidad de responder con suficiente rapidez para apoyar la frecuencia y suavizar rampas. A diferencia de muchas baterías químicas, la capacidad energética puede escalarse ajustando masa, altura o recorrido, mientras que la potencia depende principalmente del tamaño del conjunto motor-generador y del sistema de elevación. Esa separación entre “hardware de potencia” e “inventario de energía” explica por qué sigue siendo una opción considerada por planificadores y operadores.
También influye que estos sistemas pueden diseñarse para un número muy alto de ciclos con modos de desgaste bastante previsibles. Al tener menos fallos electroquímicos, el foco se desplaza a riesgos industriales clásicos: desgaste de cables, rodamientos y frenos, fatiga de componentes de izado, corrosión y rutinas de inspección. En la práctica, esto puede traducirse en activos de larga vida si el mantenimiento es riguroso, pero implica que no se trata de un equipo “sellado” que se olvida: la disciplina operativa forma parte de la tecnología. Para la planificación, la promesa no es una eficiencia “mágica”, sino capacidad de despacho fiable y un perfil de costes más estable a lo largo de décadas.
Dicho esto, el almacenamiento por gravedad no sustituye de forma universal ni a las baterías ni a la hidroeléctrica de bombeo. La eficiencia ida-vuelta depende de decisiones de diseño (pérdidas por fricción, rendimiento del motor-generador, electrónica de potencia y estrategia de control), y la economía es sensible a costes de construcción, mano de obra y al valor real de los servicios de red. Suele tener más sentido donde hay recortes (curtailment) frecuentes, picos nocturnos caros o ventajas claras del emplazamiento, por ejemplo, infraestructura vertical ya disponible que reduzca inversión. En otras palabras: los proyectos sólidos nacen de un problema concreto de red y una ventaja del sitio, no de un deseo genérico de “larga duración”.
Para inversores y operadores, el primer filtro suele ser la combinación de potencia (MW) y energía utilizable (MWh), porque define qué ingresos son posibles. El desplazamiento de varias horas requiere energía suficiente para impactar en horas punta, mientras que los servicios de red exigen potencia capaz de responder con fiabilidad y cumplir consignas. Además, un proyecto por gravedad debe demostrar tiempos de respuesta consistentes, control estable con cargas parciales y un comportamiento seguro ante fallos, especialmente la capacidad de detenerse de forma controlada si algo va mal. Estas exigencias parecen básicas, pero ahí es donde el detalle mecánico se encuentra con el cumplimiento de requisitos de red.
El segundo filtro es la eficiencia y la disponibilidad, evaluadas de forma realista. Los sistemas mecánicos pierden energía por fricción y rozamientos, pérdidas en conversión eléctrica y consumos auxiliares (monitorización, seguridad, refrigeración donde aplique). Un caso creíble explica cómo varía la eficiencia con la potencia, la temperatura y el envejecimiento, y presenta un plan de mantenimiento que proteja la disponibilidad durante periodos de mayor valor. Si el negocio solo funciona con una cifra “perfecta” de eficiencia, la propuesta suele ser frágil.
El tercer filtro es el emplazamiento y los permisos. Los sistemas tipo torre plantean temas de ruido, impacto visual y logística de construcción, mientras que los conceptos en ejes mineros dependen de condiciones geotécnicas, integridad del pozo y gestión de agua. Los proyectos que avanzan mejor tratan los permisos como parte del trabajo técnico: medir, monitorizar y documentar riesgos. En 2026, quienes pueden demostrar calendarios de obra realistas y operación segura tienden a reducir fricción regulatoria frente a quienes solo presentan ventajas teóricas.
El almacenamiento por gravedad en ejes mineros aprovecha activos ya construidos: pozos profundos y acceso industrial pesado. El mecanismo base es simple —subir pesos cuando la electricidad es abundante o barata y bajarlos para generar—, pero la ingeniería no lo es. Se requieren cabrestantes o tornos robustos, frenos con alta integridad, control preciso de la velocidad de descenso y monitorización continua de cargas. El propio eje se convierte en parte del activo, así que su estado, revestimiento y estabilidad a largo plazo son piezas centrales del diseño.
En 2026, los casos más atractivos suelen estar en zonas donde minas cierran y se busca empleo industrial sin empezar desde cero. Un eje profundo ofrece gran recorrido vertical, lo que ayuda a la capacidad energética, pero también impone límites: espacio para equipos, ventilación, requisitos de seguridad y acceso restringido. La entrada de agua es otro tema habitual; aunque el concepto no dependa de agua, la gestión de acuíferos y filtraciones afecta a corrosión, mantenimiento y disponibilidad. Los mejores diseños tratan el pozo como un entorno industrial exigente, no como un laboratorio limpio.
Existen también enfoques del tipo “mina como bombeo”, moviendo agua entre depósitos subterráneos y superficie usando huecos existentes, pero eso aproxima el proyecto a obras civiles y autorizaciones ambientales propias del bombeo hidráulico. Algunos sitios pueden soportarlo si la geología es favorable y los volúmenes están bien mapeados. En otros, un sistema puramente mecánico de pesos resulta más viable porque reduce el debate regulatorio asociado al agua. En ambos casos, la lección es parecida: reutilizar puede recortar costes, pero solo si el activo está bien caracterizado.
Los riesgos dominantes en ejes mineros son mecánicos y operativos. La fatiga de cables, el desgaste del tambor y el rendimiento de los frenos necesitan márgenes conservadores, porque la energía almacenada es, literalmente, una masa suspendida con potencial peligro si fallan controles. Los diseños modernos suelen incorporar frenado redundante, protección contra sobrevelocidad y sensores para detectar vibraciones anómalas o cambios de carga con antelación. En la práctica, el mantenimiento no es un gasto a minimizar; es la condición para sostener seguridad y disponibilidad.
La verificación del sitio es donde muchas propuestas ganan o pierden. Se necesitan inspecciones fiables de la geometría del eje, integridad de revestimientos, puntos de anclaje y comportamiento de la roca ante cargas cíclicas. Pequeñas incertidumbres pueden convertirse en cambios de diseño importantes una vez iniciada la obra. Por eso, los proyectos creíbles invierten pronto en inspección, mapeo y pruebas, en lugar de asumir que un eje antiguo se comportará como uno nuevo.
El avance comercial también depende de demostrar que el sistema cumple requisitos del operador de red de manera repetible. Ensayos y demostraciones han ayudado a trasladar el concepto desde la teoría a la práctica, incluyendo pruebas de entrega de potencia y control en condiciones reales. En 2026, la pregunta clave suele ser menos “¿funciona?” y más “¿puede replicarse con costes y plazos previsibles en distintos sitios?”. La replicabilidad, no la novedad, es lo que convierte una buena idea en un activo invertible.

Los sistemas tipo torre invierten el enfoque de la mina: en lugar de usar un pozo subterráneo, se construye una estructura vertical y se mueven masas modulares en su interior. La arquitectura más conocida apila bloques u otras masas, elevándolos con grúas o elevadores, para luego bajarlos y regenerar electricidad. La ventaja principal es la flexibilidad de emplazamiento —no depende de un relieve específico— y la posibilidad de ubicar el sistema cerca de subestaciones, parques renovables o cargas industriales. En 2026, suele considerarse como almacenamiento de varias horas que puede complementar instalaciones de baterías en el mismo nodo.
La evolución práctica importa, porque este tipo de proyectos ha afrontado dudas sobre complejidad y coste de construcción. Los desarrolladores han respondido con componentes industriales más estandarizados, mayor automatización y diseños que se acercan más a infraestructura repetible que a una obra singular. Un punto relevante para el mercado es la conexión y operación en red de proyectos a escala comercial, porque valida control, seguridad y comportamiento bajo despacho real. Ese tipo de evidencia es lo que suelen pedir equipos de compras y operadores antes de firmar contratos de capacidad a largo plazo.
Las torres también tienen límites: requieren terreno, logística de obra pesada y aceptación local por altura e impacto visual. Deben diseñarse para cargas de viento y, donde aplique, criterios sísmicos, además del trabajo repetido de mover grandes masas durante miles de ciclos al año. Por ello, muchos promotores priorizan zonas industriales, donde equipos pesados y ruido son parte de la normalidad. Igual que en las minas, los mejores sitios son aquellos donde el riesgo civil es menor que el valor de los servicios de red que el sistema puede aportar.
Frente a baterías de ion-litio, el argumento típico de las torres es la longevidad y la posibilidad de escalar energía sin multiplicar el número de celdas. Las baterías destacan por su respuesta rápida y huella compacta, pero pueden requerir reemplazos y sufren degradación con el tiempo, lo que afecta la economía a largo plazo. Una torre puede resultar atractiva si el comprador quiere desplazamiento de varias horas durante décadas, valora una degradación baja y acepta una mayor huella. En términos de riesgo, cambia el perfil: más riesgo civil y mecánico al inicio, potencialmente menos riesgo electroquímico después.
Frente a la hidroeléctrica de bombeo, las torres compiten sobre todo por emplazamiento. El bombeo hidráulico es una opción probada a gran escala, pero suele estar limitado por geografía, permisos y plazos largos. Una torre puede construirse más cerca de generación y demanda, evitando grandes embalses, aunque normalmente no alcanza la escala de los mayores proyectos hidroeléctricos. En mercados donde la rapidez de despliegue y la disponibilidad del sitio pesan más que el tamaño máximo, la torre puede ser una alternativa razonable.
La visión honesta en 2026 es que las torres no “ganarán” en todos los casos, y no necesitan hacerlo. Les basta con ser la opción de menor riesgo en un subconjunto de sitios donde congestión, recortes de renovables o picos vespertinos creen valor claro. Cuando ese valor se respalda con contratos estables —pagos por capacidad, incentivos por disponibilidad o acuerdos con clientes industriales—, la tecnología se apoya en flujos previsibles y no en supuestos optimistas del mercado spot. Ese cambio, de “tecnología interesante” a “activo contratabile”, es lo que decide si el sector crece.